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En un contexto de denuncias en los medios de comunicación acerca de una supuesta guerra en el ciberespacio contra Cuba, el ex-presidente norteamericano James Carter acaba de arribar a la Isla invitado por el Gobierno cubano. La relevancia de la visita consiste en que Carter, durante su mandato presidencial entre 1977 y 1981, obtuvo resultados significativos en política exterior. Entre ellos los tratados sobre el Canal de Panamá, los acuerdos de paz de Camp David entre Egipto e Israel, el tratado SALT II con la URSS, el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China y la apertura de la Sección de Intereses en Cuba.

Después de abandonar la Casa Blanca, Carter se destacó, como mediador en diferentes conflictos internacionales, por impulsar la democracia, defender los derechos humanos y fomentar el desarrollo económico y político de los pueblos, labor por la que fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Ha sido, además, el único presidente norteamericano, dentro o fuera de la presidencia, que ha visitado la Isla después de 1959.

A ello hay que añadir que durante su visita a La Habana, en mayo de 2002, mantuvo conversaciones con el gobierno cubano y con disidentes políticos, y que en su discurso, pronunciado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, hizo pública una propuesta mediadora: poner fin al embargo exterior y celebrar elecciones libres al interior. Luego, en junio de 2005, instó al cierre de la prisión de la Bahía de Guantánamo.

Si a lo anterior se agrega que Estados Unidos, separado de Cuba por menos de 100 millas, es el tercer país más grande del mundo por superficie terrestre y por población y que su economía ocupa el primer lugar, no resulta difícil percatarse de lo que podría representar para todos los cubanos la normalización de las relaciones entre ambas naciones.

En una pequeña reflexión titulada La confrontación ¿una estrategia?, publicada en junio de 2010, expresé en uno de sus párrafos: «A pesar de la resistencia gubernamental, la relevancia de las libertades cívicas obligará, tarde o temprano, a cambiar la política interior y desde ella proyectar las relaciones exteriores basadas en el diálogo como principio rector y estrategia permanente. Entonces, habrá que comenzar por excarcelar a todos los prisioneros políticos, ratificar los pactos de derechos humanos, acoplar la legislación a esos pactos y abrir un debate nacional sobre los problemas que nos aquejan, para que los cubanos puedan participar como sujetos en los destinos de su nación. Es, sencillamente, un problema de tiempo».

Fracasado el modelo cubano en sus principales proyecciones, con excepción del «mérito de la resistencia ante el enemigo» e inmerso el país en la crisis más profunda de su historia, una vez que el proceso de excarcelación ha avanzado, la posible salida de tan crítica situación tiene que pasar tarde o temprano por la normalización de las relaciones con el poderoso vecino del Norte. Se impone pues, sin más demora desandar los caminos transitados desde el realismo político a favor del bienestar del pueblo cubano.

La política externa de los Estados, que dimana de sus políticas internas, se invirtió en Cuba a partir de 1959. En aquel momento, en plena Guerra Fría, el gobierno cubano se definía así: Entre las dos ideologías o posiciones políticas y económicas que se están discutiendo en el mundo, nosotros tenemos una posición propia. Sin embargo, el proceso de nacionalización emprendido desde la Ley de Reforma Agraria en mayo de 1959, al afectar los intereses geopolíticos de Estados Unidos, condujo al deterioro de las relaciones hasta que el conflicto exterior ocupó el centro de la política. Comenzó así una carrera de medidas y contramedidas que subordinó los problemas internos.

En 1960 el presidente de Estados Unidos ordenó la preparación de una fuerza armada de exiliados para invadir a la Isla y el gobierno de Cuba respondió con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética e intervino las refinerías de petróleo. El Congreso norteamericano facultó al Presidente para rebajar la cuota azucarera y el Consejo de Ministros de Cuba concedió poderes excepcionales al Presidente y al Primer Ministro para nacionalizar las empresas norteamericanas. Estados Unidos redujo 700 mil toneladas de la cuota de azúcar cubano y la Unión Soviética anunció la compra de esa azúcar. Fidel Castro nacionalizó la mayoría de las empresas norteamericanas radicadas en el país y la OEA condenó a Cuba, mientras el gobierno estadounidense decretaba el embargo comercial.

En 1961 Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas con Cuba y en abril apadrinó el desembarco por Bahía de Cochinos, mientras Fidel Castro, que ya había proclamado el cumplimiento del Programa del Moncada, declaró el carácter socialista de la revolución. En 1962, el presidente Kennedy ordenó el bloque naval en respuesta a la instalación de cohetes soviéticos en la Isla, dando origen a la Crisis de Octubre que colocó al mundo al borde de una guerra nuclear. La presencia de guerrilleros cubanos en varios países de la región; las leyes Torricelli y Helms-Burton en los años noventa, la creación de la Comisión de Ayuda a una Cuba Libre y del Fondo para la Libertad en la presente década, son algunos de esos momentos que derivaron del proyecto democrático inicial a otro de resistencia eterna.

Para los cubanos el daño principal del diferendo consiste en que solapó las contradicciones entre Estado y sociedad, facilitó el desmontaje de la sociedad civil y condicionó el actual estancamiento. Después de medio siglo de confrontación, más allá de las pérdidas materiales y de las limitaciones a las libertades civiles y políticas, los peores resultados están en los miles de cubanos que han pagado con su vida en acciones bélicas, tratando de atravesar el Estrecho de la Florida o en misiones militares en el exterior, lo que unido a las víctimas de las separaciones familiares, de las enemistades generadas por razones ideológicas y de los traumas provocados; arroja un saldo totalmente negativo desde el punto de vista antropológico, que reclama pasar la hoja de la confrontación para entrar a las páginas del entendimiento, del diálogo, la colaboración y la reconciliación.

Agotado el capítulo de ganadores y perdedores, la nueva política norteamericana hacia Cuba podría ser una gran oportunidad. Por parte del Gobierno cubano, más que una respuesta a las medidas que ha venido dictando la administración del Presidente Obama para flexibilizar las restricciones antes impuestas, debería aprovechar la visita de Carter para dar pasos definitivos a favor de los propios cubanos, que víctimas del conflicto entre los dos países han retrocedido en materia de derechos a la época colonial. La tesis hasta ahora esgrimida de no cambiar nada hasta que el otro cambie está fuera de tiempo y de lugar. Una responsabilidad que recae totalmente en los que detentan el poder en estos momentos Se trata de desandar caminos equivocados.

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Autor: Dimas Castellanos